Matilde Zavala de González

El 22 de febrero falleció en su ciudad de Córdoba, y luego de una enfermedad que sobrellevó con la entereza humana y espiritual que la caracterizaban, la Dra. Matilde Zavala de González. La comunidad jurídica argentina ha perdido, con ella, una de las cabezas más lúcidas del Derecho Privado. Y personalmente, quien suscribe estas líneas ha perdido una amiga. La conocí allá por los primeros años de la década de 1980, cuando en el marco de una de las Jornadas Nacionales de Derecho Civil que se llevaban a cabo en la ciudad de Mar del Plata, tuvo, junto con Delia Ferreyra Rubio -ambas muy jóvenes por entonces, las dos singularmente lúcidas y con estudios hechos en Europa de los cuales hacía muy poco que habían regresado-, una destacadísima actuación en el marco de la Comisión que sesionara sobre un tema apasionante y por aquellos tiempos todavía en camino de desarrollo conceptual: El derecho a la intimidad. Desde entonces y hasta ahora (su última publicación data de apenas dos o tres meses atrás, y me consta que tenía en carpeta, como siempre, proyectos editoriales relevantes vinculados a temas del nuevo Código Civil y Comercial de la Nación), su producción jurídica y bibliográfica fue incesante y de una calidad técnica inigualable. No es éste el momento de pasar revista a lo hecho por Matilde. Fue mucho y bueno. Nadie que haya transitado los senderos de la responsabilidad civil puede haberlo hecho sin consultar alguna de sus señeras obras (“Daños a la Persona”, “Resarcimiento de Daños”, “Daño moral por muerte”, “Perjuicios económicos por muerte”, “El Proceso de Daños”, la colección de “Soluciones de casos en doctrina judicial”, y tantas más). Aguda, crítica, comprometida, ilustrada, inteligente. Fiel a sus principios, consecuente con sus amigos e inflexible ante la inconsecuencia, humana o técnica. Honró singularmente la Justicia cordobesa en su larga trayectoria cumplida en ella (de la que se retirara hace unos años como Vocal de la Cámara de Apelaciones en lo Civil y Comercial), y fue referencia inexorable en el ámbito del Derecho donde anidaban sus amores: la persona y la responsabilidad civil. Poco afecta a hablar en público (cuando lo hacía, excepcional y generosamente, respondía a una invitación de alguien, persona o institución, por la cual ella sentía singular afecto, y ése era su modo de evidenciarlo), humilde por naturaleza, de gustos simples y de una franqueza absoluta e inusual, poco afecta a los reconocimientos públicos y al ruido, tenía en su casa de Barrio Las Rosas y en el campo familiar sus lugares predilectos para estudiar y escribir, sus actividades predilectas. Su esposo Martín, sus hijos (singularmente Rodolfo González Zavala, quien siguiera su vocación y en gran medida sus pasos), quienes hemos tenido el privilegio de contar con su amistad y la comunidad jurídica toda lloramos su ausencia. Quedan su obra, su recuerdo y su ejemplo. Seguramente es lo que ella hubiera querido legarnos como testamento.

Edgardo I. Saux